miércoles, 19 de agosto de 2015

San Andrés el "Stratelates", y compañeros mártires

San Andrés el "Stratelates", y compañeros mártires. 19 de agosto.


Era Andrés natural de Siria. Entró soldado bajo Numeriano y Carino, y reinando Maximiano ascendió en la carrera militar mediante su valor y fidelidad, llegando a ser “Stratelates”, o sea, Comandante de ejércitos. En algún momento había entrado en contacto con el cristianismo, y aunque no era bautizado, creía en la existencia de un Dios único, lo cual no es extraño, pues los dioses paganos no satisfacían la necesidad de Dios que tenían los pueblos, incluso había poetas que los ridiculizaban, teniéndolos por simples invenciones. Pues eso, que Andrés creía en un Dios y que este se había revelado en Jesucristo, por lo que justo antes de una terrible batalla contra los persas arengó a sus tropas a confiar la victoria al Único Dios, convenciéndoles de que los dioses paganos no podrían ayudarles en la batalla. Y derrotaron a los persas, que terminaron huyendo como ratas. 


Entró en la Antioquía liberada con gloria y siendo aclamado por el pueblo y la legión. Pero algunos militares envidiosos le acusaron de ser un cristiano, por aquello de creer en un solo Dios. El gobernador Antíoco mandó encarcelarlo, luego fue llamado a juicio, y declaró su fe en Cristo por lo que fue torturado en una plancha de cobre al rojo vivo, pero tan pronto como invocó al Señor, la plancha se enfrió. Varios de sus soldados fueron crucificados en los árboles, pero ni uno solo renunció a Cristo. Antíoco no se atrevió a condenarle a muerte, por lo que  escribió a Maximiano pidiendo consejo. Este era consciente de la valía de su General, y la admiración de la que gozaba, mandó lo liberaran y a la par “recomendó” a Antíoco hallara una razón mejor que las creencias de Andrés para juzgar a tan valeroso militar. Que buscara un pretexto, vamos.


Entretanto, ya liberados, Andrés y los 2593 soldados se dirigieron a Tarso, donde se instruyeron, confesaron a Cristo y fueron bautizados por los obispos Pedro y Nonoso. Sabiendo que ahora sí que sus vidas peligraban se adentraron en las regiones de Taxanata. Antíoco escribió una carta a Seleuco, gobernador de la región de Cilicia, ordenándole que apresara a Andrés y todos sus soldados y los matara por desertores. La legión enviada por Seleuco los halló en un barranco del Monte Tauros mientras estaban en oración, y allí mismo los degollaron, y luego los trocearon. Los mártires se dejaron sacrificar mansamente por Cristo, y las únicas palabras que se oían eran alabanzas al Señor y las exhortaciones de Andrés. Los cuerpos fueron abandonados allí, pero ya de noche, Pedro, Nonoso y sus fieles los enterraron allí mismo, señalando el sitio. Se mantuvo su memoria, sobre todo porque en el sitio donde tanta sangre fue derramada, brotó una fuente cuyas aguas milagrosas sanaban a cualquiera que se acercase con fe, el primero de ellos fue un clérigo que era atormentado por los demonios. Llegada la paz de Constantino, los cristianos elevaron en el mismo sitio del martirio y sobre las reliquias, una basílica.


Fuentes: 
-“La leyenda de oro para cada día del año”. Volumen 2. PEDRO DE RIBADENEIRA. Barcelona 1865.

- http://www.shepherdguild.org/id64.html

jueves, 13 de agosto de 2015

Santas Elena y Centola de Burgos.


Santas Elena y Centola, mártires. 2, 4 y 13 de agosto.

Según un Año Cristiano de España, del que entrecomillo las citas textuales, Centola nació en Toledo, de padres nobles y paganos. Desde pequeña observó, por sus propios razonamientos y observación de la realidad, amén de la ayuda divina, la falsedad de la idolatría. Así, abrazó en secreto la fe cristiana con todo lo que significa: oración, caridad, sacrificios, anuncio de Jesucristo. Su padre intentó que abandonara la nueva fe y volviera a la fe de sus padres. Promesas, regalos, amenazas, nada pudo separarla de Jesucristo, cuyo amor se había apoderado de su corazón enteramente. Así fue que, sintiéndolo mucho, huyó de su casa llegando a Soris o Siaria, actualmente Sierro, tierra que pertenecía al antiguo obispado de Burgos, aunque no a la ciudad. Allí se hospedó en la casa de una señora cristiana llamada Elena. No nos dicen las crónicas o tradiciones ni como se conocieron, ni por qué allí, pero es probable que siendo la hospitalidad entre los de la misma fe, una virtud amada por los cristianos, Elena la acogiese al saber que huía por motivos religiosos. Así es que Centola y Elena, ya juntas se dedicaron a obras de caridad y piedad.

La cosa podría haberse calmado si no hubiese sido porque el emperador Maximino “persuadido a que la subsistencia de su imperio dependía en destruir la religión del Crucificado”, envió a su ministro Eglisio a las tierras cántabras, para obligar a los cristianos a cumplir la ley de sacrificar a los dioses, renegando de su fe. Enterado que Centola, además de no ocultar su fe, la predicaba y convertía a la Iglesia a muchos habitantes de la zona, la mandó a llamar al tribunal. Otra vez las promesas, halagos, amenazas (pero esta vez por parte de quien sí las ejecutaría) no pudieron doblegarla, por lo que Eglisio mandó fuera estirada en el potro y, aunque oyó claramente como se descoyuntaban los huesos, mandó le desgarraran el cuerpo con garfios de hierro. Pero Centola, ni renegó de la fe, ni suplicó, antes bien se burló de los verdugos y les retó a probar nuevos tormentos. Y eso hizo el ministro: mandó le cortaran los pechos, la llevaran a su prisión y la dejaran morir sin curación alguna y desangrada.

Enteradas de esto, se llegaron a la cárcel algunas nobles del pueblo, espantadas de la crueldad del gobernador y compadecidas de Centola (por tanto, se afirma el hecho de que sería muy conocida entre todas). Algunas intentaron persuadirla de su empeño de fidelidad, y que cediese a los requerimientos de la ley. Centola, por su parte, les contestó con una apología de la fe cristiana (tal vez añadido posteriormente) y les dio a entender el premio que a ella misma le aguardaban por permanecer fiel a Cristo, los cuales si ellas los hubiesen apenas intuido, le tendrían envidia y no compasión. Supo Eglisio de esta prédica en la cárcel y mandó cortarle la lengua, pero “aquel Señor por quien padecía hizo que hablase sin tan preciso instrumento, por una de aquellas portentosas maravillas de su infinito poder”.

O sea, que aún sin lengua habló, y más que hablar, profetizó a Elena, que vino a visitarla también, que ella también sería mártir, y le deseó “valor para que no desmayes en la prueba”. Y dicho y hecho, enterado Eglisio que estaba allí Elena, y que era cristiana, la apresó, de lo que se alegró Elena, “deseosa de acompañar á su amiga en la muerte, como lo había hecho en vida”. Finalmente, ambas fueron degolladas al parecer el 13 de agosto de 304, posiblemente a las afueras de la ciudad. En el año 782 los esposos Fredenandus y Gutina, señores de Castro-Sierro, construyen una pequeña iglesia sobre el río Butrón, en Valdelateja, sobre el tradicional lugar del martirio, y donde aún se venera la memoria de las santas. Según el obispo de Burgos, Gonzalo de Hinojosa, los obispos de Astorga y León llevaron los cuerpos a dicha iglesia (dice que los compraron por 300 libras de oro).

Los calendarios mozárabes ponen a Centola el día 2 de agosto, pero no le dan título de mártir y su culto no se asoció a Elena hasta el siglo XIV, luego del traslado de los cuerpos, realizado por el mismo Gonzalo de Hinojosa, que puso su martirio a 4 de agosto del 304. Se realizó esta traslación en 1317, reinando Alfonso XI, para que recibieran culto más apropiado en la catedral de Burgos (aunque se dejaron las cabezas en Sierro). Don Gonzalo los colocó en el altar mayor, y les concedió misa y oficio propio, con Rito Doble de primera clase (hoy Solemnidad). Decretó se hiciese procesión y que el 4 de agosto fuera de precepto para la ciudad y diócesis de Burgos. Baronio las inscribió en su martirologio el 13 de agosto “Burgis in Hispania Santarum Centollæ & Elena Martirum”. Actualmente el arzobispado de Burgos celebra a Santa Centola el 13 de agosto, pero sólo a esta, porque aunque las actas son legendarias y sin crédito el culto a Centola está arraigado en Sierro. No así el de Elena, cuya persona y culto se añadió en el siglo XIV y de la que no se sabe nada, tal vez sea otra mártir desconocida, tal vez ni siquiera eso.


Fuente:
-"Año Cristiano de España, Volumen 8. Madrid, 1853.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Un mártir de Escapulario.

Beato Isidoro Bankaja, catequista, mártir del escapulario. 12 de agosto. 

Nació Isidoro en la década de 1880, lamentablemente no conocemos la fecha, ni el año, pues su edad era imprecisa al momento de su muerte. Fueron sus padres Yonzwa y su madre Inyuka, de religión pagana, como la mayoría de su aldea, Boangi. Tuvo una hermana y un hermano. De su niñez poco se conoce, pues le encontramos de nuevo en 1905, y entre los 20 y 25 años, empleado como peón de albañil en una empresa de Obras Públicas en Mbandaka. Un tiempo antes ya había comenzado su acercamiento al cristianismo, con la correspondiente catequesis con los monjes trapenses, misioneros en África. El 6 de mayo de 1906 recibe el Bautismo, y junto a su filiación a Cristo por medio del Sacramento, recibe la filiación a la Santísima Virgen por medio de su hábito: el Escapulario del Carmen. En noviembre de ese mismo año recibe la confirmación y el 8 de agosto de 1907 se acerca por primera vez a la Eucaristía. Todo y siempre de la mano de la Madre de Dios, a quien profesa una ardiente devoción.

Poco tiempo después comenzó a trabajar en una empresa de caucho propiedad de un belga de nombre Longange, abiertamente opuesto a la Iglesia y los católicos, racista (como eran casi todos en el siglo XIX) y de carácter violento. Un día ve el escapulario que pende del cuello de Isidoro y le conmina a que se quite ese “amuleto”. Isidoro no obedece, y a los pocos días, viéndole de nuevo con el escapulario al cuello, manda le den 25 azotes. Isidoro sufrió el castigo con paciencia, sin quejarse, pero sin quitarse su amado hábito de María.

No le importa al belga que Isidoro sea cumplidor con el trabajo, puntual, íntegro, pues le puede el odio a la religión. Que Isidoro hable de Dios a sus compañeros lo revuelve. En 1909 vuelve a ser golpeado por lo mismo: el Escapulario. Pero el joven no se amilana ni se quita su prenda. Enterado que Longange quiere librarse de él, va a su encuentro y le dice: “No te he robado. No me he acercado a tu mujer ni a tus concubinas. He hecho cuanto me has mandado. ¿Por qué quieres matarme?" Al verse descubierto, Longange montó en cólera y mandó le golpeasen con una pieza para domar elefantes, que es un cuero lleno de púas. El otro negro se niega, y el mismo Longange tomó el flagelo y le golpea como un poseso mientras le grita que deje el teatro, pida perdón y se quite “esos trapos”. Pero el santo mártir calla y sufre. Longange le quita el escapulario, lo pisotea y lo da a su perro, que lo destroza.

Le deja tirado en el suelo el belga, chorreando sangre, hasta que manda lo metan en un calabozo lleno de ratas, por miedo a que se conozca lo que ha hecho, y menos se entere un inspector de la empresa, de nombre Potama, que estaba por la zona. En la improvisada cárcel sufre y reza Isidoro hasta que un día logra escapar, arrastrándose. En ese estado lo encuentra Moyá Mptsu, criado del inspector Potama. Isidoro le dice: "Si ves a mi madre, si vas a casa del juez, si vas a la residencia del padre, diles a todos que muero porque soy cristiano". Mas no muere, se recupera de las heridas con unos amigos y una vez mejor, vuelve a su rutina de piedad y enseñanza del catecismo. Pero Longange no está tranquilo, su odio es satánico, y de nuevo le castiga brutalmente con el látigo para elefantes. No logra matarle, entonces le arroja otra vez al calabozo, en esta ocasión atado sujetado por los pies con dos argollas de hierro. Todo por Cristo.


Ante una inspección, Longange manda se lleven a aquel desecho humano para que no le vean herido. En una distracción de los negros que le arrastran, Isidoro comienza a alejarse por un pantano, hasta un embarcadero. Allí le acogen con espanto, pues las heridas se le pudren y los gusanos hacen pasto con su cuerpo. El 25 de julio le visitan los misioneros, que le confiesan y le dan la Eucaristía. Isidoro llora con ellos y les cuenta la causa de su martirio: “El blanco no amaba a los cristianos. No quería que yo llevara el hábito de María, el escapulario. Me insultaba cuando rezaba". Y añade “no tiene importancia que yo muera. Si Dios quiere que viva, viviré, si Dios quiere que muera, moriré. Me da igual". El misionero le pregunta si odia a su agresor, y como buen santo responde: “No estoy enojado contra el blanco, el que me haya flagelado es asunto suyo, no mío. Sí, si muero pediré por él en el cielo".

El 15 de agosto, día grande de su amada Virgen María, escupe sangre y pus, y aunque la fiebre y los dolores le consuman se levanta y participa en las oraciones. Una vez vuelto a su rincón, muere con el rosario en las manos. Los cristianos le entierran con la certeza de que ha muerto por la fe. Con veneración ponen en sus manos el rosario y al cuello su santo Escapulario. El 25 de abril de 1994, el papa San Juan Pablo II lo beatificó. Aunque no perteneció directamente a la Orden del Carmen, forma parte de ella como todos los que usan el Escapulario, y en su caso, su amor por el hábito de la Madre de Dios le hace todo un carmelita.

Fuente:
- "Nuevo Año Cristiano". Tomo 8. Editorial Edibesa, 2001.

martes, 11 de agosto de 2015

San Tiburcio, de la toga al cielo.

San Tiburcio de Roma, mártir. 11 de agosto.

Perteneció a una venerable familia romana, y era hijo de Cromacio, vice-prefecto romano, que en su juventud había sido perseguidor de cristianos y, según la leyenda, había sido convertido por San Sebastián (20 de enero) y San Tranquilino (6 de julio), padre de los santos mártires Marcos y Marcelino (18 de junio). Estos no solo le dieron la vida en Cristo, sino la salud física, pues al bautizarse quedó sano milagrosamente de la gota. Pues convertido Cromacio, bautizó a su familia, dio la libertad a sus esclavos y renunciando a su puesto en el gobierno, se retiró a una villa que tenía en las afueras, donde muchos cristianos perseguidos hallaron socorro. El jovencito Tiburcio imitó a su padre en el ardor por la fe de Cristo, destacando en su fervor y caridad para con los pobres. Estudió derecho y fue uno de los más importantes de su tiempo de la ciudad de Roma. Pero el aplauso del mundo no le satisfacía y decidió retirarse a la soledad, aunque el deseo del martirio le impulsaba a permanecer visible a los paganos. El papa San Cayo (22 de abril) lo tenía más claro, y ante el peligro de la persecución, quería que tan prometedor joven para la Iglesia, conservara su vida y se ausentara de la ciudad, con vistas a que en tiempos de paz, fuera figura importante en la comunidad cristiana. Pero no pudo convencerle; el joven Tiburcio le rogó con encendidas palabras quedarse en la ciudad y esperar que Dios hiciera su voluntad.

Y pronto tuvo ocasión de señalarse como cristiano: Halló un día en la calle el cadáver de un hombre que se había precipitado desde lo alto. Se acercó Tiburcio, y sosteniendo el cuerpo, le dijo “en Nombre de Cristo, vuelve a la vida si has de dejar tu supersticiosa fe”, y el hombre revivió y confesó a Cristo, con asombro de los asistentes, de los cuales muchos se convirtieron. Pronto se hizo conocido de todos el portento que había realizado un cristiano y otros se sintieron interesados, conocieron a Tiburcio y se convertían a Cristo. Tiburcio visitaba a los pobres, socorría a los cristianos perseguidos, distribuía limosnas a las viudas y los huérfanos. También predicaba a los catecúmenos y neófitos. Entre estos últimos había uno de nombre Torcuato, que solo se había bautizado por novedad y por saber más de aquellos cristianos, pero no había mudado en nada su vida de excesos, ni su pasión por el juego ni mucho menos su atracción por los hombres, teniendo varios esclavos jovencísimos de los que disfrutaba. Varias veces intentó atajar su conducta escandalosa Tiburcio. Primero le reprendió en privado, exhortándole en nombre de Cristo,  finalmente lo hizo en público, denunciando su indignidad de llamarse cristiano, y de frecuentar los lugares santificados por los mártires, y participar en las reuniones cristianas. Y se ganó el rencor y el odio de Torcuato, que al verse denunciado públicamente fingió reconvenirse y cambiar de vida, pero en su corazón dejó anidar el odio.

Llegando a todos la noticia de que Diocleciano había mandado se arreciara la persecución a los cristianos, pesquisando más detenidamente quienes lo eran, para que fueran apresados y sacrificaran a los dioses bajo pena de muerte, Torcuato planeó su venganza. Denunció a Tiburcio a los ministros, diciéndole donde solía reunirse con los cristianos, y para no aparecer como delator, convino que le apresaran a él mismo en compañía de Tiburcio. Así lo hicieron, y llevados los dos ante Fabiano, sucesor de Cromacio, Torcuato dijo era cristiano y había sido convencido por Tiburcio, al que pretendía seguir en todo. Respondióle Tiburcio: “Yerras si crees que no conozco tu traición, ni tu perfidia. Ninguno de nosotros te reconoció nunca por discípulo de Jesucristo; tu vida siempre desmintió tu fe, ni era posible que se contase en el número de los fieles a quien viva como un gentil: tus desórdenes eran el mejor testimonio de la religión que verdaderamente profesabas. Vivías entre nosotros; pero no eras de nosotros. Buena prueba es de eso tu alevosa traición. Mas no creas que me has ofendido intentando mi ruina, pues al contrario, me has proporcionado el mayor bien al que puedo aspirar. Nada deseaba con más ardiente pasión que derramar toda mi sangre y dar mi vida por amor de aquel Señor que primero quiso expirar por mi amor clavado en un afrentoso madero”.

Irritado, Fabiano le conminó a sacrificar a los dioses, a lo que le respondió Tiburcio: “Yo no reconozco otro Dios que al único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra. A este solo ofrezco sacrificios. Dichoso sería si yo mismo mereciera ser víctima sacrificada por su amor”. “Sea lo que fuere”- replicó Fabiano – “obedece ahora mismo, o disponte a pasearte muy despacio sobre carbones encendidos”. “Pronto estoy a sufrir los más crueles tormentos, pues ya es cosa muy sabida que estos no espantan a los cristianos” le dijo el esforzado Tiburcio.


Admirado Fabiano de aquella intrepidez, ordenó que se tendiese sobre el pavimento un gran montón de carbones encendidos para que Tiburcio, o echase incienso en honor a los dioses, o le obligasen a caminar descalzo sobre ellos. Y ni una ni otra, pues nuestro mártir no sacrificó, ni esperó le obligaran a nada, sino que él mismo se quitó el calzado y comenzó a pasearse sobre las brasas, como quien no siente el fuego. Gritó Fabiano “sabemos que ese maestro Cristo enseñó su magia a todos sus secuaces, y no nos causa admiración el sortilegio que acabas de ejecutar”. Ante esta blasfemia, Tiburcio replicó predicando las verdades de la religión de Cristo y la falsedad de los dioses paganos y la necedad de los que creían en ellos. Y no pudiendo aguantar por más tiempo al santo mártir, mandó le decapitaran. Le llevaron por la Vía Lavicana, y a cuatro millas de la ciudad le cortaron la cabeza, a 11 de agosto de 286. Su cuerpo fue recogido por un cristiano piadoso, que le dio sepultura, siendo un sitio señalado para los cristianos. Llegada la paz, dos parientas del santo, llamadas Lucina y Fermina levantaron una basílica y un monasterio para servir a Dios junto al invicto Tiburcio.


Fuente:
-“Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los dias del año”. Agosto. JEAN CROISSET. Barcelona, 1863.

domingo, 9 de agosto de 2015

San Román el romano.

San Román de Roma, soldado mártir. 9 de agosto y 13 de mayo (traslación de las reliquias).


San Román, desde la ventanita,
contempla el milagro de San Lorenzo.
La víspera del gran San Lorenzo Mártir (10 de agosto y 20 de abril: en Roma, el encuentro de sus reliquias con las de San Esteban) se celebra la memoria de otro martirio glorioso, que ha quedado en la sombra gracias a la enorme devoción a San Lorenzo. Me refiero al triunfo de San Román, cuya “passio” fue añadida a la del santo diácono desde muy pronto. Martirilogios, menologios y flos sanctorum antiguos ya hacen mención de San Román. El más antiguo es la “Passio Polychroni”, una especie de relato sobre santos mártires que tienen en común haber sido sepultados por la misma persona. A grandes rasgos, sobre San Román dice esto: 

Estando Lorenzo padeciendo los tormentos, uno de los soldados, llamado Román, encargados de cumplir las órdenes del juez, admiró la valentía y la fe del santo mártir e inspirado por Dios y el ejemplo que veía, aceptó a Jesucristo en su interior. Mientras, cansado Decio de no poder doblegar al santo, le envió a la cárcel, hecho que aprovechó Román para pedir le dejasen llevar una jarra de agua a Lorenzo. Se lo concedieron, y entrando, vio un ángel que socorría a San Lorenzo. Definitivamente convertido, entre ambos convirtieron el agua de vida natural en agua de vida eterna, pues Lorenzo la usó para bautizar al recién converso.

Apenas bautizado, fue sorprendido por otros soldados, que lo llevaron al juez. Este mandó azotarlo para que renegara de su nueva fe, pero el intrépido neófito solo respondía "soy cristiano". Viendo que no podían hacer más, le decapitaron a las afueras, junto a la Puerta Salaria, el 9 de agosto de 258. El cuerpo fue abandonado allí, hasta que un presbítero y varios cristianos le dieron sepultura en la Vía Tiburtina, cerca de San Lorenzo. La memoria de su sepulcro se mantuvo durante las persecusiones y entrada la paz fueron traslasdadas a la basílica de San Lorenzo en Roma. Posteriormente, durante la dominación lombarda, fueron trasladadas a Lucca y Ferrara, donde se veneran aún. Se le invoca contra las posesiones, las tentaciones y las sequías.




Fuente:

-“Flos sanctorum de las vidas de los santos”. Tomo II. PEDRO DE RIBADENEYRA. Madrid, 1761.