martes, 30 de junio de 2015

Un mártir invicto como un león.

San León de Patara, mártir. 30 de junio y 18 de febrero.

Ilustración realizada en Corel Draw.
Según sus Actas, León estuvo presente en el martirio de su amigo San Paregorio (18 de febrero), y una vez ocurrido este, se retiró a su casa, con el corazón infamado en deseos de padecer por Cristo igualmente. En compensación por no haber padecido por Cristo, comenzó una vida penitente, entregada a Cristo totalmente, para lo cual, renunció casarse, viviendo en castidad. Retiró de su casa cualquier objeto superfluo, y cualquier alimento gustoso. Se vistió con una piel de camello, y dedicaba horas a las alabanzas divinas, tomando por protector y ejemplo a San Juan Bautista (24 de junio, Natividad; 23 de septiembre, Imposición del nombre; 24 ó 21 de febrero, primera Invención de la cabeza; 29 de agosto, segunda Invención de la cabeza, hoy fiesta de la Degollación; 25 de mayo, tercera Invención de la cabeza).

Sucedió entonces que el Proconsul Loliano, enemiguísimo de los cristianos, fue nombrado Intendente de Licia, ciudad a la cual pertenecía su natal Patara. Lo primero que hizo Loliano para ganar adeptos y para identificar a los cristianos, fue organizar juegos y sacrificios en honor del dios Serapis, mandando que todos los habitantes de las ciudades cercanas debían sacrificar al dios, en honor del Emperador. Muchos cristianos obedecieron por miedo, por acomodo, por no estar lo suficientemente llenos de Cristo, en definitiva. Pero entre ellos no estaba León, que se debatía entre seguir su vida eremítica o presentarse a los sacrificios para proclamarse cristiano. Decidió encomendarse a su amigo el mártir Paregorio, delante de su sepulcro, escondido por los cristianos fieles. Mientras iba de camino, acertó a pasar frente al templo de Serapis, donde ofrecían sacrificios. Algunos le identificaron como cristiano, por su porte y forma de vestir.

Visitó las reliquias de San Paregorio y regresó a su casa, confiado en que Dios le daría luces sobre que hacer. Esa noche tuvo un sueño en el que se vio en medio de un río revuelto y bajo una gran tempestad de lluvia y relámpagos. De pronto, en medio de las aguas vio a su amigo Paregorio, que iba hacia él, ante lo cual el mismo León salió a su encuentro, para despertar en ese momento. El sueño le dejó claro que correría la misma suerte de su amigo, por lo que dejó que fuera la providencia divina la que determinase el tiempo en el cual entregarlo todo por Cristo. Comenzó a visitar cada día las reliquias del santo mártir, esperando llegara el dichoso momento. Un día cuando se dirigía al sepulcro del santo, cambió de camino y pasó frente al templo de la diosa Fortuna, y viendo las antorchas que en honor de la diosa ardían, entró, las apagó y las partió en pedazos clamando: “Si vuestros dioses se sienten ofendidos del insulto que acabo de hacer, no tienen más que castigarme, no volveré yo mi el rostro a su ira”, y siguió su camino.  Prudencia no le sobraba, no.

No quedaron inmóviles los devotos de la diosa, que se juntaron en una turba y comenzaron a amotinarse, acusando de ofender a la diosa, y clamando venganza para esta, para que no les castigase con desgracias. Fue tanto el jaleo que se armó, que llegó a oídos de Loliano, quien envió soldados a apresar al santo en su casa. Al verle llegar, los soldados se echaron sobre él y lo llevaron ante el Intendente, sin que León pusiera resistencia alguna. Una vez ante Loliano, se desarrolló este diálogo:
-“¿Ignoras el poder de los dioses, cuando te atreves a emprender contra su religión? ¿O has perdido el juicio, y te crees poder despreciar impunemente los decretos de nuestros divinos emperadores, que son también nuestros dioses, y nuestros protectores?"

-“Acabáis de hablar de muchos dioses, siendo así que no hay más que uno, que es nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, y Dios del cielo, y de la tierra, que no necesita de semejante culto. Un corazón contrito, y un alma que sabe humillarse; esto es todo lo que puede agradar a Dios. Pero esas antorchas que encendéis delante de vuestros ídolos, son vanas e inútiles a unas estatuas de madera , de piedra, y de bronce, que deben todo lo que son al escultor. Si conocieseis al verdadero Dios, no perderíais de ese modo vuestro incienso en darlo a un tronco o a una piedra. Renunciad ese culto vano y reservad vuestras alabanzas y adoración para el que es el verdadero Dios, y para Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo, y Creador nuestro”- contestó León.

-“No respondes al caso”- le replicó el juez – “en lugar de defenderte de los delitos que se te imputan, te pones a predicarnos tu fe. Pero doy gracias a los Dioses, que han permitido que tú mismo te declarases, y que te dieses a conocer por lo que eres. Así escoge , o adoras a los dioses y les ofreces sacrificios con todos los presentes, o sufre la pena que tu impiedad merece”.

-“Yo os confieso” - contestó prontamente León – “que hubiera deseado mucho no tener que sentir la caída de ninguno de los que tan desgraciadamente veo vueltos al error. Pero ¡ay de mí! qué dolor no será el mío, cuando pongo los ojos sobre esa multitud de cristianos, que se han dejado seducir! Mas para que no os imaginéis que soy yo de esos, os declaro que soy cristiano y conservo grabados en mí los preceptos de los Apóstoles, que enseñan a dar a Dios la obediencia que le es debida. Si os parece que por esto me debéis castigar, no lo dilatéis un momento. Persuadíos de que el temor de los tormentos, jamás me hará faltar a mi obligación. Pronto estoy a padecer todos cuantos tormentos me quisiereis hacer sufrir. Por lo demás, si hay alguno de otro parecer, que se contente con la vida presente sin pretender la futura, ya se sabe que no es sino por el camino de los sufrimientos por donde se llega a ella, según dice la Escritura: ‘estrecho es el camino que lleva a la vida’”.

-“Pues bien, si es tan estrecha esa vida, déjala para seguir la nuestra, que es ancha y llana” - le dijo Loliano. A lo que rebatió León:

-“No he dicho yo que sea tan estrecha  que no se pueda caminar por ella, ni os parezca que está desierta: muchos la han transitado, y muchos la siguen aún todos los días: la llamamos estrecha porque se halla en la mortificación, la pobreza, las aflicciones, y la persecución; pero la fe suaviza las penas y hace vencer las dificultades. Nos allana el camino, lo ensancha, y lo hace fácil. ¿Por qué no os dejáis convencer de esta verdad? ¿Por qué no confesáis que este camino estrecho es el más cómodo para arribar a la salvación. No ignoráis que una multitud innumerable de fieles que han sido justificados por la misma fe que justificó a nuestro padre Abraham, caminaron por él, y reposan ahora en el seno de este padre de los creyentes. Al contrario, la incredulidad hace penosa, áspera, y difícil la senda por la que andáis ciegamente. Has de saber que las virtudes, que tan fáciles son de practicar cuando se tiene fe, son muy difíciles de adquirir, y vienen a ser en algún modo inaccesibles a los que están privados de este remedio de la fe”.

Toda esta exposición catequética (probablemente aumentada posteriormente) hizo que los presentes, que venían por venganza, clamasen a Loliano para que le callase y determinara ya un castigo.
-“Al contrario” - les gritó Loliano - “le permito hable cuanto quiera, y además, le ofrezco mi amistad y reconocimiento si reconoce y sacrifica a nuestros dioses”.

-“Señor, si habéis olvidado ya lo que acabo de decir, tenéis razón de permitirme que hable todavía, pero si os acordáis, ¿como queréis que reconozca por dioses lo que nada es?” - replicó León.

Estas últimas palabras del santo irritaron tanto al intendente, que lo mandó a azotar. Mientras los verdugos lo desgarraban sin piedad, Loliano le anunciaba:
-“Esto no es más que un ensayo de los tormentos que te preparo: si quieres que me detenga, es necesario que adores a nuestros dioses, y que les ofrezcas sacrificio”.

-“Oh, juez, os quiero volver a decir otra vez lo que ya os he dicho tantas veces. Yo no conozco a vuestros dioses, ni jamás les sacrificaré”. - contestó León.

-“Di solamente estas palabras: los dioses tienen un poder soberano  y te liberaré, porque tengo compasión de tu vejez”. - le indicó Loliano.

-“Bien estaría” - dijo León en medio del dolor - “decir que los dioses tienen un poder soberano si fuera para perder a los que creen en ellos". Loliano enfureció ante este desprecio de los dioses y ordenó:

-“Atadlo como a un rabioso, y arrastradlo por las calles hasta el río”.

-“Poco me importa, de cualquier modo que muera no puedo dejar de morir contento, puesto que el cielo ha de ser mi recompensa”- dijo alegremente León. E insistió Loliano de nuevo:

-“Obedece al edicto, y di que los dioses son los protectores del mundo, o si no te haré morir inmediatamente.

-“Parece que no teneis sino palabras” – dijo León con sorna - "ponedlas por fin en ejecución".

Con cada amenaza León se fortalecía y Loliano quedaba más en ridículo, ante lo cual el pueblo clamaba más alto aún, comenzando a amenazar con incendiar y destrozar la ciudad. Loliano, vencido por el santo mártir, mandó que le atasen por un pie y le arrojasen por un acantilado, después de arrastrarle por las calles en medio de las turbas, y que estas satisficieran su furia. Mientras lo arrastraban, León aún pudo orar en voz alta:
-“Te doy gracias, Dios, Padre de Jesucristo, de que tengas la bondad de volverme a juntar tan pronto a tu siervo y amigo mío, Paregorio. Yo te ofrezco mi muerte con alegría para satisfacer los pecados de mi juventud. En las manos de vuestros ángeles pongo mi alma. En breve seré liberado, y mi destino no dependerá más de la injusticia de los malos. Seles propicio, Señor: no vengues mi muerte sobre sus autores. Te pido perdón por ellos, haz que te reconozcan como Dios del universo y que experimenten tu clemencia en el momento en que fueren ilustrados de vuestra luz. Concédeme la gracia de sufrir pacientemente por tu gloria. Amén, amén”.

Y murió, antes de llegar al borde de un escarpado precipicio. Una vez allí, el cuerpo fue arrojado hasta lo profundo, rebotando antes en las afiladas rocas ocurriendo que no se dañó nada, solo se ensució de polvo. Y no solo eso, sino que de modo milagroso se allanó la cuesta, que lo que antes había sido un peligroso precipicio, se convirtió en un sendero practicable. Por aquel mismo sendero bajaron algunos cristianos que tomaron el santo cuerpo, lo prepararon observando con estupefacción que incluso las heridas de los azotes habían cerrado y el cuerpo resplandecía. Lo enterraron piadosamente allí mismo, entre las peñas, en un sitio oculto, donde llegada la paz se levantaría una basílica. Era creencia piadosa, según las Actas, que nunca se vio sufrir daños ni muerte a los que, por infortunio se despeñaban allí. Ni a hombre, bestia, o carros.

A San León se le conmemora también a 18 de febrero junto a San Paregorio, pero el día de su martirio ocurrió a 30 de junio, de año desconocido, por eso lo traigo a este día. Sus Actas, publicadas por los Bollandistas a partir de manuscritos griegos, son tenidas por estos como fiables en cuanto a la existencia del mártir, aunque son reescritas, sobre todo en los discursos del santo.

Fuentes:
-"Las verdaderas actas de los martires" Tomo Tercero.  TEODORICO RUINART. Madrid, 1776.

jueves, 25 de junio de 2015

Santa Febronia, carmelita y mártir.

Santa Febronia de Nísibe, “la Gran Sufriente”, virgen carmelita y mártir. 25 de junio.  
Francisco Javier de Salazar.
Iglesia conventual de la Soledad, Puebla.
Sus actas son dudosas, probablemente del siglo VII, y en ambientes nestorianos. Pero su culto es antiguo y consolidado, como para presumir que algo de verdad hay. Según estas, Febronia era monja en un monasterio de Sibápolis de Siria, cuya abadesa era su tía, Santa Brienne (5 de febrero). Ambas eran de familia noble, y Febronia destacaba por su belleza física, y por las virtudes de su alma. Y era tanta su hermosura, que su tía la tenía resguardada incluso a los ojos de las otras monjas. Aunque al principio Febronia solo acompañaba a su tía, en la adolescencia resolvió consagrarse a Cristo, sin querer tomar esposo alguno. Era muy penitente en la comida y el vestido. Vivía el desapego total, durmiendo sobre una tabla, jamás hablaba si no era preciso y siempre acerca de Dios y sus cosas. Poco a poco la fama de su sabiduría se extendió tanto, que una noble viuda pagana llamada Jeris insistía tanto en verla, que Brienne decició vestirla de monja, pues de seglar jamás Febronia le habría hablado. Fue tan celestial la conversación, que Jeris se convirtió junto a su familia, se bautizaron, ella renunció a un segundo matrimonio y se dedicó a vivir para Dios. Como fuera, sabido es que en los monasterios femeninos de la época, era normal que las monjas exhortasen a las mujeres.

Llegado el tiempo de la persecución de Diocleciano, este envió a Sibápolis al prefecto Lisímaco junto a su tío Seleno, con la encomienda de exterminar a todos los cristianos. Lisímaco era de madre cristiana, y en ocasiones favorecía la huida de los cristianos, o no perseguía a los que eran discretos, pero su tío Seleno era enemigo total de Cristo y su Iglesia, y por donde quiera que pasaba dejaba numerosos mártires. Ante esto, el obispo autorizó a las monjas que abandonasen el monasterio, pero Brienne, como abadesa, y Santa Tomaide (5 de febrero) su “subpriora” decidieron no hacerlo, aunque dio libertad a sus religiosas para que huyesen. Asimismo, Febronia decidió guardar su enclaustramiento hasta las últimas consecuencias, conociendo que no había mejor suerte que derramar la sangre por Cristo.

Sabiendo Seleno que había en la ciudad un monasterio de vírgenes consagradas, envió un piquete de soldados que violentaron las puertas, hallando primero a Febronia, que les rogó la martirizasen y perdonasen a su tía y a Tomaide (que la seguiría en secreto). Primo, el capitán de los soldados, viendo la belleza de Febronia e informado de su origen noble la envió a Lisímaco, considerándola una digna esposa para este. Un soldado corrió adonde Seleno, para contarle que Primo pretendía casar a su sobrino con una cristiana, ante lo cual Seleno mandó llevasen a Febronia a su presencia primero. Así que los soldados la separaron de su tía y las otras religiosas, aquella la despidió diciéndole: “Ve, hija mía, a manifestarte como digna esposa de Cristo”.

Ya en presencia de Seleno, Febronia se confesó sierva y esposa de Cristo, a lo que él le respondió que la liberaba de esa servidumbre y que, informado de su ascendencia, le permitía (como si fuera un favor) desposarse con Lisímaco, luego de ofrecer sacrificios a los dioses. La santa le respondió, tomando las cadenas entre sus manos: “No me prives de estas joyas, que son las más bellas que he llevado en mi vida. En cuanto al matrimonio que me propones, te digo que yo me hallo consagrada a mi Dios, y así no se me pueden ofrecer esposos en la tierra. Además, cristiana, ¿podré adorar a los demonios? Y has de saber que en defensa de mi fe estoy dispuesta a sufrir todos los tormentos”. Como buen tirano, Seleno se enojó con esta valiente respuesta, delante de los magistrados y mandó azotaran a Febronia hasta que se arrepintiese; mientras, con antorchas le quemaban los costados. Pero no lo logró, la santa sufrió el tormento elevando oraciones y alabanzas a Dios. No contento, la mandó extendieran sobre una parrilla (una plancha, si acaso) para que fuera quemada a fuego lento. Era tan atroz aquello, que aún los paganos se sentían espantados y algunos se fueron, mientras otros pedían no se atormentase así a aquella bella joven. Y la santo, mientras, daba gracias a Dios por elegirla para testimoniar la grandeza de la fe. Irritado del todo, Seleno mandó le rompieran los dientes, le cortaran los pechos, las manos y los pies. Y como aún la santa alababa a Dios, mandó la decapitasen. Era el 25 de junio de 304. Acto seguido, Seleno enloqueció poseído por el demonio y se abrió la cabeza a golpes contra una columna.

A todas estas, Primo y Lisímaco aún no sabían del tormento de la joven, del que se enteraron cuando les llegaron noticias de la locura y muerte de Seleno. Llegados al lugar, se compadecieron y tomaron el cuerpo de Febronia, lo entregaron a Brienne y Tomaide, que la llevaron al convento. Este acto piadoso supuso la gracia de la conversión para ambos personajes. La suya y la de sus familiares y amigos. Junto al cuerpo pusieron la tierra teñida con su sangre. Fue una traslación marcada por la tristeza contrastante por el júbilo de poder venerar a una mártir de Cristo. Llegados al monasterio, lavaron el cuerpo mutilado, otrora tan bello, y lo recompusieron para ponerlo en una urna riquísima. Al año siguiente se le apareció a las monjas, resplandeciente, para certificar algunos milagros ocurridos en su sepulcro.

El obispo San Juan de Nísibe (8 de mayo), que habiendo conocido del martirio, había construido una iglesia dedicada a la memoria de Santa Febronia, visitó el monasterio y pidió le entregaran las reliquias, para darles veneración pública. Al principio, Brienne se negó, pero luego accedió y le entregó la urna con el santo cuerpo. Pero no sería tan fácil. Apenas tocaron la urna los de la comitiva, se dejaron sentir terribles temblores de tierra, hasta que la soltaron. Así por tres veces. Viendo el obispo y Brienne que no era voluntad de Dios despojasen al monasterio de las santas reliquias, decidieron tomar solo una porción. Lo mismo, esta vez relámpagos terribles. Una vez más, tomó Brienne una mano de la santa, y la suya propia quedó seca, hasta que la quiso soltar, y entonces sanó. Así probando, vieron que al tomar un diente de la santa, nada pasaba. Y con ello se hubo de conformar el obispo, volviendo a su sede con la reliquia, que colocó en el altar mayor. En el siglo XIX en unas excavaciones cerca de Hasake, frontera con Turquía, el profesor Michael J. Fuller halló un relicario que coincidía con las descripciones antiguas del relicario de Santa Febronia: Un relicario con estilo siríaco, realizado en mármol y decorado con cruces, conteniendo un molar. Otras reliquias se veneran en Trani, Roma o en Serbia. 

Aunque hay visos de leyenda en esta historia, como dije al principio, hay rasgos de verosimilitud. En primer lugar, es histórico que a mediados del siglo III en Nísibe una comunidad de vírgenes consagradas fundada por el obispo San Juan y Santa Platónida (8 de abril), aunque no hay que entenderla como una comunidad monástica o de clausura. La vida monástica femenina se movía entre el pueblo, dedicándose al culto, pero también al cuidado de pobres, enfermos, atención a las basílicas como diaconisas, etc. Incluso predicaban al pueblo, especialmente a las mujeres, como dicen algunas versiones hacía Febronia. En Nísibe concretamente, las mujeres asistían al monasterio los viernes y domingos para oír la palabra de Dios, predicada por las monjas.

En cuanto a su pertenencia al Carmelo, ya sabemos que todos los monasterios antiguos se consideraban elianos (ver Santoral Carmelita), pero en cuanto a Febronia, nos encontramos algunas referencias antiguas, no solo de carmelitas. Cito un par:

"Cuatro vírgenes santas ha tenido la familia del Carmelo, que entre otras han sido empleo la admiración: Santa Febronia, que fue la Doctora de su tiempo, tan versada en lenguas hebrea y latina, que fue el oráculo de aquel siglo en boca de San Jerónimo. Santa Ángela (...), Santa María Magdalena de Pazzi (...). Y Santa Teresa de Jesús  (...). Estas cuatro vírgenes son cuatro ríos que salen del Paraíso militante de la Iglesia Católica que es la familia del Carmelo." (Colectánea de sermones y asuntos predicables. FR FRANCISCO NUÑEZ. O.P. Madrid, 1653).

"Divísase tambien entre esas heroínas [las "carmelitas" antiguas] santa Febronia virgen, mujer muy versada en las lenguas hebrea, griega y latina. Desde las rejas mismas de la cárcel donde habia sido encerrada, explicaba los misterios de la Religion cristiana, aclarando los pasajes y lugares obscuros de las sagradas escrituras." "Glorias del Carmelo". Tomo III. P. José Andres S.I. Palma, 1860. (Demostración de las crónicas y antigüedad del sacro Orden de Santa María del Monte Carmelo". FR. DIEGO DE CORIA. Córdoba, 1698).

miércoles, 10 de junio de 2015

Santos Getulio y compañeros mártires.

Santos Getulio, Cereal, Primitivo y Amancio, mártires. 10 de junio.

Sus Actas son muy antiguas, no posteriores a 250, y verídicas, con toda probabilidad, aunque los diálogos hayan sido reescritos posteriormente. 

Según estas, Getulio vivió a inicios del siglo II, y era un cristiano íntegro, reconocido por la comunidad cristiana de Gabii, Roma, donde sus decisiones eran consideradas y su enseñanza seguida por muchos, logrando conversiones a la fe de Cristo. Al estallar la persecución de Adriano, el vicecónsul Cereal fue enviado a Gabii para interrogarle y conminarle a abandonar la fe cristiana. Al llegar a su casa, que tal vez servía como basílica, le halló instruyendo a los catecúmenos. Cereal entró y se desarrolló este diálogo que, como apunté antes, debió ser reconstruido posteriormente:
-Cereal: “¿Has oído las órdenes del emperador?”.
-Getulio: “¿Por qué se deben obedecer las órdenes del emperador?”.

-Cereal: “No, dime tú por qué no deben ser obedecidas.

Y salieron fuera. Allí Cereal le intentó “ayudar”, proponiéndole que él mismo tomaría su mano y sacrificaría a los dioses por él, a lo que Getulio se negó.
-Getulio: “Debemos adorar a Dios, el Hijo de Dios, que es el Rey de reyes, y de quien todos deben obedecer en lugar de a un mortal, pasto de gusanos."
-Cereal: “¿Que Dios tiene un Hijo?
-Getulio: “Ciertamente Él tiene a Aquel que era, y es, porque Él es el principio”.
-Cereal: “Como puedo estar seguro de que tus palabras son verdaderas, pruébame que el Hijo de Dios es Dios?”.

-Getulio: “Yo sé que esto es cierto porque la Palabra de Dios, el mismo Dios, se encarnó, no de varón, sino de Dios, en el vientre de María, la Virgen, por la operación del Espíritu Santo, y Él declaró esta verdad a los hombres, y lo confirmó por muchos signos maravillosos, haciendo hablar a los mudos, oír los sordos, y sanando a los leprosos”.

Entonces se presentó Amancio, hermano de Getulio. Cereal se alegró, pensando que Amancio haría reaccionar a Getulio, pero Amancio que cristiano en lo oculto por su condición de tribuno, hizo lo contrario: Se unió a Getulio para hacer que Cereal abandonase el paganismo y abrazara a Cristo. Y tan ardientes fueron las palabras de ambos, que Cereal se convirtió a Jesucristo, y en lugar de apresar a Getulio, se instaló entre sus catecúmenos para formarse en la fe. Al poco tiempo fue bautizado y recibió la Eucaristía. Roma envió un oficial a preguntar por el desaparecido Cereal, y aquel regresó escandalizado a contar que Cereal creía en Cristo y había abandonado a los dioses. El emperador mandó apresar y llevar a su presencia a Cereal, Getulio, a Amancio y todos lo que les rodearan, así que también apresaron al cristiano Primitivo, que en ese momento estaba junto a Getulio. Llegado a Roma, fueron examinados por el cónsul Licinio (aquí no casan las fechas, Licinio fue cónsul a inicios del siglo II. O es un error, o sería otro Licinio) Y de nuevo las actas nos traen un diálogo:
-Licinio: “Cereal, si tú deseas vivir o morir, dímelo.
-Cereal: “Si yo deseara vivir, no sería cristiano. En cuanto a tus sacrificios, los tengo como en nada.
-Licinio: “Getulio, sacrifica a los dioses Júpiter y Marte, o voy a pedir tu muerte."
-Getulio: “No se extinguirá mi vida, me regocijo con gozo inefable de negarme a sacrificar a tus ídolos.
-Licinio: “No desprecies las órdenes del emperador, sino que obedece a los poderosos dioses.
-Getulio: “Doy gracias a mi Dios, Padre Todopoderoso, y a Jesucristo, que soy capaz de a Él ofrecer un sacrificio agradable."
-Licinio: “¿Que le sacrificas?
-Getulio: “Un corazón contrito y humillado."

Licinio ordenó que los llevaran a las afueras de la ciudad y los quemaran vivos. Así lo hicieron los soldados, pero la madera de la pira había sido recogida apresuradamente y estaba mojada, por lo que Getulio sufrió las quemaduras, pero no murió de ello. Ante esto, los verdugos tomaron postes preparados para sostener las cepas de las viñas y le golpearon en la cabeza hasta que murió, el 10 de junio de 120. Su esposa, llamada Sinforosa, tomó el cuerpo  y lo enterró en las catacumbas de la Vía Salaria. Una leyenda posterior hace a Getulio soldado retirado, y hace a Primitivo uno de los oficiales que fue a aprenderlo y habría sido convertido a la fe por Getulio.

El martirologio de San Adón añade “consumati sunt beati Martyres Gethulii in fundo Capriolis, viam Salariam, ab urbe Romam, plus minus miliario decimotertio, supra flumium Tiberim, in partem Savinensium” siendo este “Capriolis, viam Salariam” un sitio conocido en la Edad Media como la “corte de San Getulio”, es decir, como su casa natal, pero en realidad es que hubo una iglesia dedicada a su memoria y donde estaba su cuerpo hasta el siglo IX en que fue trasladado a Farfa, salvo unas reliquias que fueron a la iglesia del Santo Angel de Pescheria, Roma, ante el peligro de los sarracenos.

Iglesia del Santo Ángel, Pescheria,
donde se veneran las reliquias
de San Getulio y compañeros.
En 752 el papa Esteban II trasladó a esta iglesia de Pescheria las reliquias de Santa Sinforosa y sus siete hijos mártires Crescente, Julián, Nemesio, Primitivo, JustinoEstracteo Eugenio (todos a 18 de julio). Este hecho, la antigüedad de la inscripción de Getulio en el martirologio romano y su culto le convirtieron en marido de Santa Sinforosa y padre de los siete mártires, pero eso es solo por la coincidencia de nombres de su mujer y de la mártir, y para darle importancia a la leyenda de esta. En 1610 fue hallado un sepulcro de mármol en el que estaban mezcladas todas las reliquias de Getulio y compañeros y Sinforosa e hijos, y cuya inscripción certificaba la traslación hecha por Esteban II. Fueron en colocadas en una urna de cristal. En 1584, Gregorio XIII donó parte de las reliquias a los jesuitas, que a su vez donaron partes a algunos colegios españoles y americanos. En 1587, para evitar más expolio, se metieron las reliquias en el sarcófago de mármol y se selló.


Fuentes:
-"Las verdaderas actas de los mártires". TEODORICO RUINART. Tomo III. Madrid 1776. 
-"Vidas de los Santos". Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.